La cuarta edición del Folclorazo convierte la Plaza de la República en una peña al aire libre con clases gratuitas de chacarera, zamba y gato. La cita es el 23 de agosto desde las 14, sin inscripción previa, y la única regla es llevar celeste y blanco. El encuentro recupera el espíritu comunitario de las antiguas peñas en el mismo lugar donde hace 214 años se izó por primera vez la bandera argentina en Buenos Aires.
El domingo a las dos de la tarde, el ruido de los autos y las pantallas luminosas del centro porteño van a tener que hacerse a un lado. En la intersección de Corrientes y 9 de Julio, el asfalto se convierte en pista de baile, los pañuelos vuelan al viento y los bombos marcan el compás. El Obelisco, ese monstruo de cemento que suele ser termómetro de multitudes, se prepara para recibir a familias, turistas y curiosos que quieran aprender a bailar folklore o simplemente mirar cómo la ciudad se toma un respiro.
La consigna es clara: no hace falta saber bailar, ni tener pareja, ni inscribirse en ningún lado. Solo hay que acercarse, encontrar un lugar en la ronda y dejarse llevar. Profesores de danzas tradicionales van a estar ahí para enseñar los pasos de chacarera, zamba y gato desde cero. Los que ya tengan cancha, directo a la pista. Los que nunca agarraron un pañuelo, van a tener quien los guíe. La música, en vivo, corre por cuenta de músicos y bailarines autoconvocados que llegan con sus guitarras y sus bombos para armar la fiesta.
La historia del Folclorazo arrancó en las concentraciones del Mundial 2026, cuando los festejos por la Selección empezaron a mutar en otra cosa. Lo que era puro fútbol se fue transformando en ganas de encontrarse sin necesidad de un partido. Y así, casi sin querer, nació una celebración que ya va por su cuarta edición y que este año elige el Obelisco como escenario.
No es casualidad que la cita sea el 23 de agosto. Ese mismo día, pero de 1812, en la torre de la iglesia de San Nicolás de Bari —que estaba justo donde hoy se levanta el monumento— se izó por primera vez la bandera argentina en Buenos Aires. El Obelisco se inauguró después, en 1936, para celebrar los 400 años de la primera fundación de la ciudad, pero la memoria de aquella primera bandera sigue flotando en la esquina. El Folclorazo, entonces, no es solo baile: es también una manera de pisar el mismo suelo donde la historia se hizo.
El folklore argentino, ese mestizaje de tradiciones indígenas, españolas y afrodescendientes, llegó a las ciudades de la mano de las migraciones internas de los años 30 y 40. Después vino el boom de los 50 y el género se instaló en la cultura popular como una de las expresiones más vivas del país. La chacarera, con su aire santiagueño; la zamba, con ese diálogo de pañuelos que parece un juego de seducción; el gato, alegre y saltarín. Todos van a sonar el domingo en el centro de Buenos Aires.
El Folclorazo es una invitación a participar, no a mirar. No hay entrada, no hay plateas, no hay artistas separados del público. La pista es la calle, el escenario es el Obelisco, y la fiesta la arma el que llega con una remera celeste o una bandera blanca. La única regla, si se puede llamar así, es vestir con los colores patrios. Después, el resto lo hacen los bombos y las ganas.
Por unas horas, el centro porteño va a oler a tierra y a patio de provincia, a peña de pueblo y a domingo de plaza. El tránsito va a tener que esperar. Las pantallas publicitarias van a parpadear al ritmo de las guitarras. Y el Obelisco, ese testigo de piedra de tantas multitudes, va a ver cómo la ciudad se toma un recreo para bailar.



